El fútbol trasciende el deporte. Todo lo que va más allá del juego, la cultura, la identidad, la estética, los recuerdos son capaces de definir generaciones enteras y para nosotros y para muchas otras personas, el fútbol es una fuente inagotable de inspiración. Es el lugar donde nacen obsesiones silenciosas, el equipo que marcó tu infancia, la primera camiseta que compraste, el jugador que no fue una superestrella pero que ocupa un lugar especial en tu corazón.
En Inside Us invitamos a mentes creativas de todo tipo de disciplinas a abrirnos sus elecciones más íntimas dentro del mundo del fútbol, todo aquello que hace que sea mucho más de un deporte.
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Hay muchos equipos que me gustan, pero con el Valencia no se trata de elección sino de principios. Son las memorias de ir a Mestalla con mi abuelo, mi padre y mi hermano, noches en las que el fútbol parecía magia y el estadio se volvía un lugar sagrado. Eso no hay Champions ni Superliga que lo pueda comprar.
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No tiene explicación lógica: es mi jugador fetiche. Supongo que empezó en un modo carrera del FIFA 14, cuando le fiché y ya nunca le solté. Desde las rastas veloces en el Everton hasta el tanque calvo del Napoli, siempre le he defendido como si fuese de la familia. En el campo, capaz de lo mejor y de lo peor, como yo. Quizá todo se reduzca a su nombre: Romelu Lukaku. Hay nombres que deberían estar prohibidos de lo molones que son.
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Yo no soy de Santander ni aficionado del Racing, nunca he estado en El Sardinero y, de hecho, siempre había tenido una ley no escrita: jamás podría tener la camiseta de otro equipo español. Me parecía como traicionar a mi Valencia. Una del Aston Villa, del Parma o del St. Pauli vale, pero del Racing, imposible. La fidelidad al escudo estaba por encima de todo.
Hasta que salió esta. Porque esta camiseta es otra cosa. Es bonita, elegante, una de esas prendas que no parece de fútbol sino de pasarela, con ese aire minimalista que Pompeii ha sabido darle y un estilo que hace que quieras ponértela sin partido de por medio.
Al final, uno se da cuenta de que las normas que te pones de niño no siempre resisten el paso del tiempo, y de que a veces la belleza tiene licencia para saltárselas todas.
Así que si algún día ves a un tipo paseando por Valencia con la camiseta del Racing tranquilo, no soy yo.
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Nada volvió a ser igual después de este anuncio. Sí, es el más famoso, el más visto, pero yo me lo creí de verdad. Iba al colegio con Miss Alissa en los cascos convencido de que al sonar el timbre del recreo me iba a transformar en Neymar.
Además, fue la presentación de las Magista, las primeras botas con calcetín. Parecían abrazar el pie como si te quisieran susurrar «tranquilo, hoy ganas tú». Nunca he deseado tanto un objeto como ellas. Pasaba de jugar en el patio del colegio a verme, al menos en mi cabeza, como canterano del Valencia.
Mención especial para Write the Future, el anuncio del Mundial 2010, el pico absoluto de la publicidad futbolística. Una obra maestra, nunca olvidaré a Rooney jugando al ping-pong contra Federer.
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He visto partidos en la tele, en estadios extranjeros e incluso a la Selección en una Eurocopa. Pero nada como la final de Copa del Rey 2019 en el Benito Villamarín: Valencia – FC Barcelona. El viaje en autobús a Sevilla, la ciudad teñida de blanco y negro y la sensación de que iba a pasar algo grande. Tenía una entrada cualquiera y acabé rodeado de dos desconocidos que, durante 90 minutos, se convirtieron en mis hermanos. Cuando pitó el árbitro el final los abracé como quien se despide de compañeros de trinchera. Fue especial porque era más que un título, era volver a sentir que el Valencia podía ganar.
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Imposible, pero si tengo que quedarme con uno es este. No decidió un título, ni siquiera un partido importante, pero es el más molón. Representa algo que hemos perdido: la personalidad en el fútbol. Mario recibe un rebote, lo empuja con el hombro como si no le importara nada, mira a la grada con chulería y se acabó. Sin celebración, sin épica. Solo Balotelli siendo Balotelli. Un gol perfecto y absurdo.
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Disclaimer: este once no aspira a la gloria ni a títulos ni a ninguna hazaña táctica. No ganaría nada. Yo de fútbol n sé. Lo único que he hecho ha sido escoger a jugadores que me parecían irresistibles, curiosos o directamente molones. Que rindan en el campo… bueno, eso lo dejamos en manos del viento, la suerte y los milagros. Este equipo es un homenaje personal, no un manual de estrategia.